La crónica de Sitges (por J. Justo Moncho)

Alejado del “sueño hecho realidad” para aproximarse más al “vivir un sueño”. Esa fue mi sensación desde que salí el primer día del coche para chafar la alfombra roja del complejo del festival. Y con “alfombra roja” me refiero al primer charco de Sitges que advertía de una semana lluviosa. El sol decidió esconderse para no quitar protagonismo a las estrellas esa semana, entre las que pudimos disfrutar de viejas glorias como Max Von Sydow, viejas glorias resucitadas como Bruce Campbell, o viejos que siguen en días de gloria como Christopher Walken. Eso sí, compartiendo éstas photocall con las nuevas promesas internacionales tanto en la interpretación como en la dirección y producción.

Un evento único donde compartir butacas con tus iguales, comentando la película, aplaudiendo cualquier tontería o abucheando ese corto de escuela de cine que te ponen antes del largo y nadie entiende. El ambiente es insuperable, en cualquier lado oyes a gente hablando de cine, te preguntan sobre cine, respiras cine. Esto tiene una pega, eso sí, en la cafetería lucharás para cogerte la mesa más alejada del mundo para no comerte todos los spoilers, que provienen de cada conversación, de las películas que se han proyectado esa mañana. Un juego al que te acostumbras y con el que acabas divirtiéndote, hasta que provienen de las ruedas de prensa, donde el mismo equipo de la producción se encarga de desvelarte todo, y ahí no tienes escapatoria. Mención especial en este último aspecto a Rodrigo Sorogoyen, Antonio de la Torre y Roberto Álamo presentando Que Dios nos perdone ante los medios, que lucharon por no desvelar nada hasta la recta final de la rueda, donde no pudieron aguantarlo más y contaron todos los secretos de la película.

Oona
Recreando la boda roja con Oona Chaplin.

Pero hablemos de cine.

Viendo tantas películas como vimos mi compañero y yo, trasnochando para no perdernos nada y poder publicar in situ las críticas de cada una, es normal que las alegrías que nos lleváramos en alguna proyección pronto se compensaran con la decepción (por no decir “con las ganas de sacarse los ojos de las cuencas”) en otras obras más insufribles. Empezaré hablando de lo polémico que siempre provoca más morbo: hablemos de mierdas.

Por suerte, he de decir que han sido menos de las que esperaba, pero las han habido. La primera que recuerdo sufrir en el cine fue Kryptonita, una llamativa propuesta que responde a la pregunta de qué pasaría si La Liga de la Justicia fuese argentina. Quitando de algún breve guiño al mundo del cómic, la película es un muermazo. Aun así, ya han confirmado que van a realizar una secuela en formato serie de televisión. Por lo menos eso no lo traerán a Sitges.

No pasó mucho tiempo hasta que me topé con la siguiente, y seguramente la peor de todo el festival: Salt and Fire. Una oda al síndrome de Estocolmo llena de frases gafapasteras que demuestran que el guion se ha escrito a base de copia y pega del Wikiquote. Absolutamente infumable esta tomadura de pelo que prometía ser una crítica de naturaleza ecologista y se quedó en patata.

Arévalo
En la entrada con Raúl Arévalo.

También tuve el placer de apreciar la estafa del festival, en una película llamada Let Me Make You a Martyr, la cual vendieron como que iba a estar protagonizada por Marilyn Manson y se queda casi en un cameo. Además, es una película pretenciosa a más no poder, faltando el respeto a la memoria de True Detective, la cual imita descaradamente pero mal. Me hubiese salido de la sala encantado, pero el aire acondicionado de El Retiro me criogenizó el cuerpo entero. Aún recuerdo lo mal que lo pasé.

Por suerte, las buenas películas acapararon casi toda mi programación. Destaco sobre todo el potente estado de la industria cinematográfica sudcoreana, la cual trajo tres de los mejores títulos del festival a mi parecer, y que además ha superado a la japonesa, principal en Asia los últimos años, y obviamente la americana y la tímida europea que apenas se ha asomado esta edición. Lo mejor coreano fue sin duda La Doncella, para mí, y muchos de los presentes como demostró su premio del público, lo mejor que se proyectó durante el festival, aunque bien es cierto que la temática se alejaba mucho de la fantasía o ciencia ficción. Park Chan-wook vuelve a demostrar que es uno de los mejores directores contemporáneos del mundo con esta bella y absorbente historia de amor y de mentiras.

Además, El Extraño (The Wailing) con su estructura a modo de fábula o cuento de terror me maravilló -y aterrorizó en muchas ocasiones-, y Train to Busan hizo que me divirtiera como un crío, con ese peculiar equipo improvisado huyendo de los zombies dentro de un tren, avanzando vagón a vagón al más puro estilo Snowpierce, y que también ayudó a mi entretenimiento la empatía colectiva que hubo en la sala con los protagonistas, siendo probablemente la película más aplaudida que vi.

Miike
Hito en Ciempiés: conseguimos una foto con el admirado Takashi Miike.

No obstante, también sigue existiendo buen cine en Japón, como demostró Shin Godzilla y Creepy, en China con su eastwoodiana Mr. Six y en Hong Kong con su Trivisa, además de ciertas sorpresas occidentales como Mine, Revengeance y ColossalRespecto a esta última, me he reconciliado con directores como Vigalondo tras su gran trabajo, mientras que con otros como Takashi Miike o Stephen Chow he decidido poner tierra de por medio esperando que lo siguiente sea mejor. Eso sin hablar de la degeneración del, en un tiempo brillante, trabajo de Kevin Smith, que nos presenta una película que parece hecha por un aficionado con su familia en Yoga Hosers.

En definitiva, una experiencia enriquecedora que me ha hecho aprender mucho más sobre el cine, la industria y el público. Nutrido para afrontar los próximos meses en la web, espero que quede reflejada mi experiencia en cada una de las próximas piezas. Y, del mismo modo que intento hacer en mis críticas, solo me queda recomendar este maravilloso festival a cualquier persona que se haya visto motivada tras leerme, pues realmente es algo único e imposible de plasmar en esta masa gris por más que lo intente. Yo repetiré sin dudarlo.

J. Justo Moncho

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