“La alta sociedad”; surrealismo y absurdo en una contundente crítica a la simpleza de la condición humana

Nota:

Tras la excelente y muy valorada miniserie para el canal francés Arte, El pequeño Quinquin; Bruno Dumont confirma su radical cambio de rumbo hacia la comedia más alocada, excéntrica y surrealista con La alta sociedad. Un cuadro de luminosidad acentuada como los cuadros de Gustave Courbet sobre la decadencia y la crítica a las clases sociales en la Francia norteña de inicios del siglo XX. 

Alzándose con el Giraldillo de Oro en el pasado Festival de Cine Europeo de Sevilla, Bruno Dumont teje en esta obra su obra más excesiva y alocada; una cinta deudora del slapstick de Mack Sennet, de la crítica social y el tempo de Jacques Tati o la fantasía más absurda y surrealista de aires “fellinianos” y de Buñuel. Una comedia llena de exceso, sin necesidad de lógica narrativa y en donde muchos gags mezclan la crudeza negra y la inocencia muda dentro del mismo espacio y secuencia.

Dumont presenta tres mapas de personajes en pleno Nord-Pas-de-Calais – lugar de nacimiento del cineasta y habitual escenario de sus películas -, la familia burguesa Van Peteghem, llena de estupidez y decadencia e impura en su práctica del incesto en su herencia genética; la familia recolectora de mejillones que malvive en el barrio marinero comiéndose a algunos turistas que transportan en brazos o en barca de un lado a otro de la bahía; y los dos detectives deudores de Oliver Hardy y Stan Laurel o del cómic galo, que llegan al lugar para investigar las desapariciones de algunos turistas en el lugar.

Dumont toma el tono de la comedia muda, del surrealismo y del cómic satírico francófono más icónico para recoger una contundente crítica a la condición humana, a su estupidez y simpleza, a su indiferencia y egoísmo. Dumont coge además sus mayores momentos de inspiración cuando algunas de las situaciones de la cinta reverberan en nosotros como crítica política de rabiosa actualidad; como la tradicional clase alta se muestra indiferente ante las desgracias de su alrededor y no son conscientes del alzamiento (aquí a partir del canibalismo) de las clases populares frente a su decadencia.

Aunque Dumont se posiciona admirablemente con las clases bajas, el cineasta galo ofrece su pesimismo sobre la humanidad en todos los espectros de personajes que pueblan el relato siendo evidente en el personaje rupturista y avanzado a su tiempo que interpreta la debutante Raph, hija de los Von Peteghem de belleza andrógina, que juega con su aspecto entre el transgénero y la polisexualidad y que refleja la simpleza del resto de personajes, críticos y asustados ante tal figura; siendo por otro lado, el personaje con el que más fácilmente empatizamos.

La mezcla entre actores profesionales de primer nivel (Luchini, Binoche y Valeria Bruni Tedeschi) y no profesionales originarios de ese lugar, demuestra aún más la evidente crítica social de Dumont y ofrece la dicotomía entre la exageración y el exceso verbalizado de la clase alta y el silencio y contención de la familia de marineros.

Una comedia personalísima y que no le hará gracia a todo el mundo, que confirma el cambio de rumbo radical en la filmografía de Dumont, en la que su exceso y brocha gorda en el retrato de sus personajes – además de las interpretaciones de Luchini y Binoche, algo pasadas de rosca –  hace que pierda en su último tramo sus trazos políticos aunque ofrece secuencias de tremenda hilaridad, absurdo y fantasía surrealista (a destacar la pareja de detectives) que la convierten en una de las comedias más originales y remarcables del año cinematográfico.

Jose Asensio

Jose Asensio ha escrito 150 artículos en Ciempiés.

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