Por qué “Stranger Things” es una serie universal

Como norma general, las series me aburren. Por muy buenas que sean estas, nunca, ni remotamente, se podrán comparar con el cine: jamás alcanzarán el mito de las películas y sus nombres más deslumbrantes. Da igual lo mucho que nos empeñemos en afirmar que las series son el nuevo cine, no dejará de ser un sofisma: en la época más supuestamente oscura del séptimo arte han surgido obras maestras como The Master (2012), Her (2013), Birdman (2014), Boyhood (2014), Spotlight (2015), El renacido (2016) o La la land (2017), en contraposición con otros bodrios infumables para la pequeña pantalla como Victoria, Outlander o Penny Dreadful.

Salvo excepciones, como Friends, la que probablemente sea la serie mejor escrita de la historia, Breaking Bad, Mad Men, The Big Bang Theory, Sherlock, Juego de Tronos y recientemente El Ministerio del Tiempo y Fargo, las nombro todas porque, como ven, son escasas, no llego al desenlace de las producciones catódicas. Las tramas se convierten en culebrones, los personajes empiezan a perder interés en su desarrollo, los guiones empiezan a flojear… En fin, mi atención flaquea sin que pueda evitarlo.

Pues bien, hace poco terminé de ver la primera temporada de Stranger Things, la serie de Netflix que cuenta la historia de Hawkings, un pequeño pueblo estadounidense de mediados de 1980 en el que empiezan a tener lugar acontecimientos extraños, desencadenados por una misteriosa desaparición. Y puedo decir que constituye una de esas raras excepciones, que consigue atraparte desde el primer minuto. Una producción muy cuidada -esos créditos iniciales tan ochenteros con música a lo Blade Runner (1982)-, unos guiones excelentes, buenas interpretaciones infantiles, sobre todo de Millie Bobby Brown, la niña, y muy buena de Winona Ryder, y una dirección acorde con cada episodio hacen de la serie una joya contemporánea. Stranger Things merece la pena y, auguro, gustará a todo el  mundo no solo por estos aspectos técnicos, sino por sus múltiples temáticas. Y eso es algo que no pasa con las series que acabo de mencionar.

Por ejemplo, muchos no concordarán con Friends por destilar un humor tan de los 90, una alternativa, aunque esta no le llega ni a la suela del zapato, es Cómo conocí a vuestra madre, pero con ese final tan amargo y abrupto arruinaron todo el entramado; Mad Men es una serie de difícil acceso, aunque en calidad, probablemente sea la mejor de todas, compitiendo con Juego de Tronos, pero sus muchas tramas y personajes y sutilezas y dilemas éticos la hacen compleja, y lo mismo pasa con quienes se sumergen por primera vez en Poniente, por los menos si se hace sin la ayuda previa de los libros; Breaking Bad y Fargo no son aptas para los que aborrezcan la obra de Quentin Tarantino; Sherlock, si no se es fan del detective londinense decimonónico, pierde interés.

En cambio, Stranger Things es fácil, en el mejor sentido de la palabra, y al mismo tiempo, endiabladamente compleja, lo que la hace ideal para todos los gustos. Vayamos por partes.

En  primer lugar, la serie de los hermanos Duffer es un canto a la década de los 80, una oda a la nostalgia. Empezando por su argumento, una mezcla de Poltergeist (1982) y Los Goonies (1985), siguiendo por su estética, la ambientación –Vangelis, David Bowie y The Clash no paran de sonar en los ocho capítulos que componen la primera entrega-, y acabando por las continuas referencias a otras películas características de la época, como E.T. (1982), Tiburón (1975), la trilogía original de Star Wars, incluso Alien (1979), sobre todo las escenas en que Once debe enfrentarse, con el pelo rapado y vestida muy a lo teniente Ripley recatada, al monstruo y a juegos clásicos como los de Atari o Dragones y Mazmorras. Además, aunque puede que haya pasado algo desapercibido, la relación que se establece entre los dos infantes protagonistas, Mike y Once, me recordó sobremanera a la que entablan los niños de la película sueca Déjame entrar (2008), en la que se nos narran las vivencias de un estudiante acosado por sus matones al que presta su ayuda una pequeña vampiresa. Otro genial guiño al cine, esta vez, al más moderno.

Por otro lado, los amantes del suspense y las tramas policiales encontrarán en Stranger Things una serie de su agrado. A la investigación que los chavales emprenden para encontrar a su desaparecido amigo hay que añadir la que la policía local de Hawkings, uno en concreto, pone en marcha para llegar hasta el fondo de dicho suceso. Sus pesquisas lo acaban llevando hasta lo más profundo de la Guerra Fría y los terribles experimentos con humanos que la CIA está realizando en su propio territorio para combatir a la URSS. Paranoia, Ronald Reagan, tramas de espionaje, cadáveres rellenos de gomaespuma, grabaciones falsas, carencia de escrúpulos, obsesiones… Todo esto es la segunda capa de la producción de Netflix.

Y el último elemento me lleva al tercer estrato: las obsesiones. Stranger Things nos habla también, como si fuera el argumento de un libro de Javier Marías, de la muerte y de la falta de aceptación y del lugar que deben ocupar los muertos en la vida de los vivos. Winona Ryder es una madre que no asume la defunción de su hijo, obsesionada con que se comunica con él, como de hecho hace, a través de impulsos de luz y con letras pintadas compulsivamente en las paredes de su casa, que es capaz de derribar a hachazos, como si de Jack Torrance se tratara, los muros de su propio hogar para hablar con su vástago desaparecido; David Harbour, el Jefe de Policía Hopper, es un agente de la ley que no acepta la muerte, esta definitiva, de su hija, que se implica hasta lo más oscuro en la investigación principal de la serie para escapar de los recuerdos felices que lo acorralan, que se medica y bebe e inventa logros académicos de su descendencia para olvidar que ya no está. Y no solo eso, Stranger Things también nos brinda un retrato de los problemas familiares en los hogares rotos y de la fragilidad y el inmovilismo del sueño americano.

Y todo esto lo aborda desde la ligereza, desde la aparente simplicidad y la entrañable nostalgia de los iconos culturales de una década icónica. Por eso Stranger Things es una serie universal, apta para todos los públicos, porque, como todas las grandes obras, tiene varias lecturas de las que te percatas según avanza la trama y que solo afloran en los momentos precisos. Y, aunque, repito, nunca, jamás, podrá equipararse con el cine que idolatra, al menos nos ha permitido revivirlo de forma inteligente. He aquí otra serie digna de entrar en mi lista.

Guillermo García Gómez

Guillermo García Gómez ha escrito 37 artículos en Ciempiés.

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