“Juego de Tronos” y su paradoja

Análisis de la séptima temporada de la serie de la HBO

Esta pieza contiene SPOILERS de la séptima temporada de Juego de Tronos.

Poniente me atrapó desde aquella primera y lejana incursión más allá del Muro, en la que los primeros exploradores que conocemos de la Guardia de la Noche se veían cara a cara con los espectros del invierno, y lord Eddard Stark se encargaba, implacablemente justo, de que ninguno de los desertores sobreviviera. Y durante más de un lustro me ha tenido enganchado a sus territorios.

Juego de Tronos se ha convertido en un fenómeno mundial desde que la serie popularizara, a partir de 2011, la épica e inconclusa saga Canción de hielo y fuego, del escritor norteamericano George R.R. Martin, cuyo primer tomo se publicó en 1996. Y con la sucesión de las temporadas y los libros, los reinos, los personajes y las situaciones que conforman la obra han trascendido sus propias fronteras, añadiendo millones de seguidores en todo el mundo con cada capítulo de esta gigantesca historia.

Personalmente, vi la primera temporada completa sin conocer las miles de páginas que ya estaban escritas antes de que a Ned le cortaran la cabeza, y, debido a mi sorpresa y a mi estupefacta expresión, decidí hacerme con la colección completa. Por fin una saga fantástica sorprendente, pensé, alejada de convencionalismos y de finales cantados: aquí se mata al héroe sin piedad y sin remordimientos -pobre Sean Bean, ni cuando es el protagonista absoluto y arquetípico, que no es lo mismo que estereotipado, lo dejan en paz-. Sin el lirismo literario de El Señor de los Anillos, pero con una contundencia dramática sin parangón.

Así, tuve que leer el capítulo de la Boda Roja, y los de las muertes de Joffrey, Tywin y el personaje antes conocido como Jon Nieve, un par de veces para cerciorarme de que no estaba volviéndome loco, que lo que estaba leyendo era lo que estaba escrito; y poder luego responder con una sonrisa artera, muy a lo Meñique, cada vez que veía el atolondramiento de las caras ajenas y neófitas cuando esos acontecimientos ocurrían en la serie de la HBO. Hay cierto regusto sabihondo en ser el Bran Stark del barrio, admitámoslo.

Pero esa ventaja se acabó con el estreno de la sexta temporada. Ahora, David Benioff y D.B. Weiss, los creadores de la serie, dependían de ellos mismos para seguir desarrollando las tramas y los mundos, precisamente en los momentos definitivos y cruciales para la historia, ya que Martin sigue castigándonos sin Vientos de invierno, el que será el sexto tomo de Canción de hielo y fuego, que está tardando más que los Caminantes Blancos.

En todas las temporadas de Juego de Tronos hemos visto obras maestras en lo que a la dirección y la narración cinematográficas se refiere. En las cinco primeras, con un ritmo infinitamente más lento que las dos últimas, se nos muestra a los personajes con una profundidad casi abismal. El lento trasiego de los protagonistas por el mapa de Poniente permitía a los guionistas y directores explayarse en los diálogos -las conversaciones de Varys y Tyrion o las diatribas sobre el poder y su procedencia, y sobre el deber, son, sencillamente, para enmarcar-, y gracias, en gran parte, a ello la serie se encuentra en la cumbre del Olimpo de las producciones para la pequeña pantalla: el aleteo de los dragones y el rechinar de las espadas esconden auténticas lecciones de política y filosofía que podría haber firmado el mismísimo Maquiavelo.

Pero el tiempo que los creadores se han tomado se está agotando. A Juego de Tronos le quedan únicamente seis capítulos, y dos libros, y, por muy larga que se nos haga esa dilación, se acerca el final como se acercaba el invierno.

Por ello, a pesar de las incoherencias temporales de las que las dos últimas entregas, especialmente la más reciente, han hecho gala, a pesar de no concordar con el ritmo narrativo del resto, este encaja con el de la serie si se la mira de forma global. Los guionistas han pecado de prolijos a la hora de abrir tramas, pero ese es, de forma innegable, uno de sus puntos fuertes, fortísimos, y no podemos echárselo en cara ahora que están obligados a cerrarlas por la pura exigencia de la trama general. He ahí la paradoja fundamental de Juego de Tronos: una incoherencia que concuerda, que hace de la última una de las temporadas más completas.

Aunque nos pese, era lo que tenían que hacer: la serie debe de ser cara en extremo, por muchos beneficios que la HBO obtenga en las diversas formas que el marketing permita explotar su filón monetario, y alargarla a, por ejemplo, doce temporadas, habría sido insostenible, y quizá se habría perdido parte del interés intrínseco de la historia: lo bueno, si breve, dos veces bueno, ¿no? Los libros permiten más libertad a Martin, y, por lo tanto, puede ampliar los horizontes en los que las circunstancias constriñen a la producción catódica, como de hecho hace: sigo echando de menos a lady Corazón de Piedra, entre otros.

Los personajes ya son profundos. Ya sabemos de qué pie cojea cada uno: que lord Baelish conspira y que Arya mata -qué momento cuando estas dos circunstancias convergen, Dios mío-, que Daenerys es la Madre de Dragones y que Jon Nieve, pobre de él, no sabe nada, que Tyrion bebe y habla. Y un largo etcétera. Ya nos conocemos el Camino Real, Desembarco del Rey, Invernalia, el Forca Verde, el Muro y el Puño de los Primeros Hombres. Y así sucesivamente

Ahora queremos desentrañar el nudo, sin renunciar, eso sí, a los tejemanejes palaciegos, como atestiguan Sansa y Arya, Cersei embarazada, Jaime desertando y la ambigüedad de Tyrion, o la muerte de lady Olenna. Queremos dejar de esperar, porque ya hemos esperado bastante. Queremos más capítulos como El portón, que nos dejó uno de los momentos más memorables, e intraducibles, de la serie, La Batalla de los Bastardos, todo un alarde de dirección de las luchas a caballo y con espadas, Vientos de invierno, el más revelador de todos, Botín de guerra, con un dragón y los dothrakis en plena acción en un homenaje sin complejos a las cargas de los indios en La diligencia (1939), Más allá de El Muro, quizá el más polémico, ahora entraré en materia, o El dragón y el lobo, Benioff, Weiss y compañía saben cómo rematar la faena, sin más.

Vamos con la polémica.

El principal defecto que se le achaca a la séptima entrega son las incongruencias temporales, especialmente, como he dicho, en el penúltimo capítulo, Más allá de El Muro. En él se nos narra la descabezada misión que los «Doce del patíbulo» de Poniente ponen en marcha para llevarse consigo al sur un soldado del Ejército de los Muertos desde el seno de la armada de los Caminantes Blancos, a golpe de fuego y espada de vidriagón.

Pues bien, el comando consigue llevar a cabo el encargo gracias a que Gendry se disfraza de Usain Bolt disfrazado de Barry Allen y logra llegar al gran armazón de hielo que protege los reinos de los hombres de cuatro patadas, y a que la velocidad de vuelo de un cuervo y de un dragón es, al parecer, similar. Fallos, sinceramente, salvables y, por supuesto, perdonables, si tenemos en cuenta que Más allá de El Muro nos ha brindado la posibilidad de contemplar algunas de las imágenes más espectaculares, junto con la escena final de Casa Austera, cuando los muertos se levantan a la señal del Rey de la Noche, de Juego de Tronos: la de los kamikazes altruistas rodeados por la totalidad del Ejército, protegidos únicamente por una delicada y temporal película de agua gélida pero no congelada del todo y la del pobre dragón reviviendo, entre comillas, de repente, más pálido y con los ojos más azules de lo normal..

¿Cómo es posible que el bastardo del rey Robert haya recorrido una temporada entera en unos minutos de un capítulo? ¿De dónde han sacado los espectros las famosas cadenas para rescatar a la criatura y cuándo han aprendido a nadar?

¿A quién le importa? El caso es que ha pasado, que la historia avanza a pasos agigantados, que se acerca el final. Desde mi punto de vista, los principales errores del guion son el empeño de Jon en pelear él solito contra todos los que no respiran, ignorando a Daenerys y a la posibilidad de escape -es, como él dice, el que más experiencia tiene combatiendo a los muertos, ¿por qué desperdiciarla cuando la misión ya está casi cumplida, con los supervivientes del grupo esperando y el Rey de la Noche afinando la puntería?-  y la milagrosa aparición de Benjen Stark, un gigantesco Deus ex machina que se habría evitado con un simple plano previo de Manosfrías, no habría hecho falta ni mostrarlo del todo, con insinuar la forma de su caballo habría sido suficiente, durante la caminata del grupo de lord Nieve. Es cierto que durante la disculpa de Jon a Daenerys, o Dany para los amigos, su futura relación amorosa se consolida, pero el dragón podría haber muerto antes, sin necesidad del lucimiento del Rey en el Norte, y los dos Targaryen, la que lo tiene asumido y el que aún no lo sabe, podrían haber continuado con su secreto a voces.

¿A quién le importa?, repito, cuando la penúltima temporada de Juego de Tronos ha sido la más emocionante, la más potente, cuando hasta el primer capítulo, con ese «¿Comenzamos?» final de Daenerys sobre la mesa con el mapa gigante de los Siete Reinos, es interesante, cuando ha sido la que más expectativas ha creado y la que mejor ha sembrado el terreno para la siguiente entrega -Guardiaoriente derrumbándose ante el fuego azul, sin palabras-, que se prevé como el apoteósico final de una de las mejores series de la historia de la televisión.

La espera de la octava temporada será larga, pero se acerca, como se acercaba el invierno. Ojalá Gendry estuviera a cargo de la producción.

Guillermo García Gómez

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