Desde San Sebastián… (Parte 2)

A la mañana siguiente tenía pensado madrugar para ver Una especie de familia, pero tras varias jornadas sin apenas pegar ojo y tras un intento fallido de organizar ideas y criterios que seguir a la hora de evaluar lo que había visto, decidí dormir hasta medio día para poder disfrutar más del siguiente pase.

La versión oficial seria esta, la realidad fue que quisimos dar un paseo por la playa de la Concha a ver si encontrábamos algún local interesante donde emborracharnos, con la buena fortuna de que se nos hicieron las tantas hablando con un tipo majísimo a quien un amigo pidió fuego y que resultó ser Matthew Potterfield, director de la película Sollers Point, a concurso en la Sección Oficial. Cansado del ambiente estirado de la recepción oficial, nos contó las vicisitudes de su rodaje, sobre la dificultad para encontrar financiación o cómo da trabajo a sus estudiantes, no solo formándoles a nivel teórico, a diferencia de lo que sucede en las escuelas de cine patrias… fue una charla muy reconfortante a la vez que esclarecedora sobre la dificultad de destacar en un medio vocacional donde son tan necesarios los contactos como el presunto talento.

120 BPM (8/10)

Como iba diciendo, necesitaba estar fresco para soportar el siguiente pase. Ante todo, porque creía que se me venía encima un soporífero dramón aleccionador en 120 pulsaciones por minuto, que finalmente resultó ser una buena película reivindicativa, que no cae en los errores típicos del género, pues no convierte en arquetipos andantes a sus intérpretes, y aunque sí adolece de exceso de metraje, cayendo en ocasiones en el subrayado de conceptos que ya habían sido expuestos con anterioridad con la suficiente claridad, combate la intolerancia con amor y respeto, concienciación y afán de enseñanza para evitar que otros sufran las consecuencias de un sistema sanitario y unas políticas sociales negacionistas, que contribuyen a expandir las enfermedades a medida que estigmatiza e ignora a quienes las padecen. Pocas veces la sangre ha sido tan bien utilizada en pantalla, así como las carrozas del Día Del Orgullo LGBT, antes de que se convirtiesen en escaparates extensos de significado a mayor gloria publicitaria de la multinacional de turno.

120 BPM (Robin Campillo)
You Were Never Really Here (10/?)

Cuando uno se encuentra inmerso en la vorágine de un festival, con una media de cinco películas vistas al día, llega un momento en que la mente se satura y no procesa bien lo que ve. Sin embargo, en este caso me atrevo a decir que no es culpa mía. You Were Never Really Here ha sido la película del festival que más ha desconcertado al personal. La diferencia entre quien la alaba y quien la repudia radica en que haya entrado o no en su juego de desconcierto, pues juega al despiste constantemente, boicoteando cualquier momento de impacto emocional con un montaje errático que llega al extremo de dificultar no ya la compresión, sino la mera especulación sobre lo que estamos viendo, sugiriendo en lugar de mostrando de forma explícita muchos puntos clave, al tiempo que se recrea en texturas y planos detalle de gran belleza estética pero cuestionable interés dramático. Con un final que da un nuevo sentido al título, creo obligatorio su revisionado para poder sacarle todo el jugo que contiene a esta historia de justiciero salvador de niñas que sufren de abusos sexuales por parte de altos cargos, interpretado por un inconmensurable (como siempre) Joaquín Phoenix, achacado por remordimientos que arrastra desde una infancia marcada por el maltrato y traumas de una vida adulta marcada por la guerra, que le ayudan a identificarse con estas muchachas, al tiempo que conocemos más de él a medida que van avanzando los paralelismos de ambas líneas temporales. Con una nueva transformación física de por medio, llena la pantalla con su presencia, a su vez acompañado por una optimista banda sonora marca del estilo de Lynne Ramsay, una de las directoras británicas con mayor y más brillante proyección de futuro.

You were never really here (Lynne Ramsay)
Temporada de caza (6/10)

Tuve que elegir entre dos películas argentinas, La cordillera y Temporada de caza. Escogí dejar la película de Ricardo Darín para otro momento pues entendí que mi labor en un festival es dar a conocer aquellas obras con una menor visibilidad y dificultad de distribución. Creo que no me equivoqué, pues aunque la obra de Natalia Garagiola no aporta nada novedoso al género del drama paterno filial, en su austeridad deja bien remarcada la necesidad de dar una entidad al padre ausente y perdonar aquellos rencores para los cuales nuestra inmadurez durante la adolescencia impiden dar un significado justo que vaya más allá del mero reproche. La vida en la Patagonia es dura, como duras fueron las decisiones que tuvo que tomar el progenitor a la hora de alejarse de su hijo, y mientras de forma tumultuosa vamos viendo cómo puede haber espacio para el reencuentro, es bonito constatar cómo la figura del padre adoptivo sigue siendo refutada por nuestro protagonista, ahora enriquecido por su permanencia a dos familias .

Temporada de caza (Natalia Garagiola)
Calipatria (1/10)

El “corto” que servía de antecedente a la película de Hong Sang-soo debería estar expuesto en un museo de arte moderno como performance, carece de cualquier valor cinematográfico ver andar a un preso por un patio arenoso mientras una voz en off narra cómo llegó a ser encarcelado, sin ningún tipo de relación con los “acontecimientos” que vemos en pantalla.

The Day After (10/10)

Tenía miedo de que esta vez me decepcionase. Nunca había sucedido, pero las críticas mixtas y la hora tardía invitaban a cierta cautela. Por fortuna la calidad de su cine sigue intacta, aunque en esta ocasión haya improvisado menos en el set de rodaje y los diálogos con los actores, o supongamos estar ante una presunta secuela de otra cinta suya aún no estrenada en España. Nada de eso importa cuando la sobria dirección, la economía de recursos y el sentido del humor soterrado que hacen acto de presencia en un precioso blanco y negro que viste esta historia de enredos amorosos y búsqueda de la aceptación del otro se instauran en nuestro subconsciente con una sutil ironía que esconde una tremenda empatía hacia unos personajes a los que cuida y quiere a cada plano. A destacar el plano del taxi, que posiblemente sea el más bello que haya visto en este festival, rivalizando con algún que otro perteneciente a The Florida Project, esa otra joyita. Pero ya llegaremos a ella.

The day after (Hong Sang-soo)
Borg McEnroe (8/10)

Esperaba poco menos que un buen biopic del casi debutante Janus Metz, una realización funcional que consiguiese dar a conocer las personalidades contrapuestas de sus dos protagonistas, iconos del tenis de alta competición, a medida que me fuese contando cómo fue el proceso de entrenamiento hasta llegar a la cima, cuán difícil era mantenerse allí o que te tomasen en serio si eras el aspirante al trono, así como el combate definitivo que no cambió aún las tornas, pero sí que las dejó a punta de caramelo para que sucediese en el siguiente torneo. Todo eso esperaba de Borg McEnroe, junto a una satisfactoria transformación física de sus actores. Y vaya que si lo consiguió. No diré que sea una gran película, pero a mí me salvó el día con entretenimiento en vena, en una nubosa jornada en la cual se avecinaban decepción tras decepción.

Borg Mcenroe (Janus Metz)
Wonderstruck (1/10)

Existen numerosas formas de contar un cuento, pero una de sus estructuras más habituales, y que trata de recrearse aquí en formato película, consiste en enlazar situaciones reconocibles esgrimidas por estereotipos apenas descritos, que se resuelven con una enseñanza o mensaje moral sencillo y diáfano. Luego hay quienes diferencian entre un cuento infantil y uno adulto. Esa distinción es tan falaz como contraproducente, pues limita el aprendizaje o la capacidad de raciocinio de un niño a unos niveles que dificultan su crecimiento, y que nos condena a los espectadores adultos a sufrir o justificar una construcción de personajes con brocha gorda, una sensiblería insufrible, una concatenación ridícula de Deus ex machina… Un ejemplo literario de esta infantilización destinada a un público maduro sería El niño con el pijama de rayas, estando autores como Michael Ende o Roald Dahl en el otro extremo del espectro.

Me parece increíble que de un director capaz de mostrar con tanta sutileza los mecanismos del enamoramiento como lo fue Todd Haynes en Carol, haya surgido este pastiche de la peor nostalgia mal entendida, con una fuerza dramática del betún, unos críos entre anodinos e insufribles, un gratuito blanco y negro que en su afán por recrear la belleza del cine mudo carece de su ritmo y fuerza gestual. Aquí tenemos la decepción absoluta del festival, Wonderstruck es una película terriblemente estúpida, absurda, manipuladora y aburrida, que ahonda en la infancia vista desde la añoranza de los adultos pero con una óptica torcida y torpe de lo que supone ser un niño, cayendo en el ridículo más absoluto .

Wonderstruck (Todd Haynes)
El secreto de Marrowbone (2/10)

A la salida de la sala destinada a prensa nos esperaban varias muchachas con carpetas donde apuntar nuestra opinión, pertenecientes a los medios de comunicación patrocinadores de este producto. Recalco bien el concepto producto, pues es de lo que se trata este artefacto audiovisual. Cuando una película está tan pensada, con mayor precisión que el porcentaje de principio activo y excipientes estipulados para un fármaco, con una fórmula tan gastada y predecible de lo que ellos conciben como un futuro estreno de éxito en taquilla… cuando te enfrentas a algo así, yo no sé que pretenden que opinemos al salir de la proyección. Lo más gracioso fue la absoluta falta de respeto prestada en cuanto tanteó que mi valoración no iba a ser positiva, dándome literalmente la espalda y yendo a por otra víctima de su maquinaria industrial made in Bayona. Que estás tratando con críticos de cine que van a ver películas de carácter independiente, hostia. Lo que más me jode es que podría haber sido una muy buena película. Mimbres para ello tenía: muy buenos actores, buen diseño de producción, una dirección solvente… Durante una determinada secuencia en la cual los hermanos deciden usar un dinero del padre (manchado de sangre) para saldar sus deudas, uno de ellos avisa sobre la mala suerte que esto les traerá. Hablando de dinero sucio, no pude otra cosa que acordarme de dónde ha salido el presupuesto para esta cinta, de todos esos programas denigrantes que lobotomizan a quien quiera que sintonice Telecinco. Por si no os habéis dado cuenta en trato de mencionar siempre al director en cada pequeña crítica. Aquí no lo haré, no es necesario. Tras este momento de pretendida épica literaria, inserte aquí la música machacona de turno para enfatizar emoción, seguida de un giro dramático paupérrimo que se vea venir desde tan lejos que no creas que puedan ser tan obvios. Pero sí, pueden serlo. Y les auguro una gran taquilla gracias a la publicidad invasiva. Que les aproveche .

El secreto de Marrowbone (Sergio G. Sánchez)
Morir(5/10)

La segunda película de Fernando Franco es un austero relato sobre la convivencia entre una mujer al cargo de un enfermo terminal que ha decidido no comunicárselo a ningún ser querido, dejando el peso de toda la responsabilidad sobre Mariam Álvarez, en un papel bastante meritorio donde nos transmite su deseo por alcanzar cierta paz y sosiego tras la inminente defunción de su pareja, momento que a su vez se va posponiendo mientras su relación se va deteriorando poco a poco, condicionando para siempre (y para mal) la imagen que tendrán el uno del otro, en lo que yo interpreto como un alegato a favor de la eutanasia. Morir consigue hacerte sentir esa desesperación y mala conciencia que acarrea la protagonista, a medida que las susceptibilidades y desconfianzas se acrecentan. El problema está en que al tratar de plasmar el tedio y hacer desagradables a ambos personajes, la película termina por resultar aburrida y fría, con una visión un tanto enfermiza de lo que supone amar, aunque no tengo claro si este efecto era el pretendido por el director y guionista .

 

Tomas Lorite

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