Lo que nos enseñó la ciencia ficción

Nos adentramos en la ciencia ficción a través de tres cintas: Una odisea en el espacio, Blade Runner y La Llegada

La ciencia ficción, como género que esconde más significados de los aparentes a primera vista, siempre oculta más de lo que muestra. Bajo la superficie de una historia de, por ejemplo, robots y alienígenas, viajes en el tiempo o distopías apocalípticas y políticas, los autores han empleado sus relatos fantásticos para tratar temas más profundos desde un punto de vista diferente.

Escritores como Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Philip K. Dick, Ray Bradbury, el visionario Julio Verne, George Orwell, Aldous Huxley o H.G. Wells, posiblemente los más conocidos y reconocidos en este campo, se han valido de historias de este género para plantear y plasmar en sus páginas problemas teológicos, existenciales, sociológicos o económicos o conflictos bélicos desde una perspectiva muy alejada de la ortodoxia, pero igualmente compleja.

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El cine, como deudor habitual de la literatura de cualquier época y estilo, ha acudido con frecuencia a los textos de ciencia ficción para recrear los universos inventados por estos escritores. Así, estamos acostumbrados a las adaptaciones de las novelas de Verne o a las diferentes revisiones de La guerra de los mundos, la última, del maestro Steven Spielberg, un director, y productor, asiduo a este género desde sus comienzos, empezando con la mítica Encuentros en la tercera fase (1977) hasta Jurassic Park (1993) o Minority Report (2002).

Por ello, cuando confluyen el talento cinematográfico y una buena historia de ciencia ficción, con todo lo que ello implica, surgen auténticas obras maestras del séptimo arte, películas de culto que lo son por derecho propio. Y en todos los periodos del cine, los autores nos han brindado la posibilidad de ser testigos y espectadores de esta convergencia.

Del papel a la pantalla

Metrópolis (1927), del genio Fritz Lang, la icónica Planeta prohibido (1956), la alegoría de El increíble hombre menguante (1957), la claustrofobia de La amenaza de Andrómeda (1971) o la desconcertante Matrix (1999) son buenos ejemplos de buenas películas, en todos los sentidos, de este género que esconden una gran carga filosófica o lecciones vitales con enjundia.

No es casualidad que entre estos ejemplos falten dos obras maestras absolutas del cine de siempre, y entre ellas, la que para mí es una de las mejores obras de la historia y que recientemente ha expandido su mundo con una más que digna secuela, y la película que, en mi opinión, ha abierto el camino para que la calidad de los relatos y el talento en la dirección se imponga a los efectos especiales rimbombantes carentes de significado del cine más reciente.

No es casualidad este descuido, digo, porque este artículo va de esas tres cintas, de lo que significan, de la profundidad de su mensaje. En fin, ya me dejo de palabrería, vamos con ello.

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2001: Una odisea en el espacio (1968)

Obviando el factor del extraordinario impacto visual que tiene una de las grandes obras de Stanley Kubrick, admirable e insuperable para la época, y me atrevería a decir que difícilmente igualable en la actualidad, 2001, con esa elipsis de miles de años, que deja de lado siglos y siglos de Historia humana, nos habla de la insignificancia del hombre como especie en el universo. Y el director neoyorquino, responsable de otro de los pilares de la ciencia ficción cinematográfica: la distópica La naranja mecánica (1971), lo refleja en su película, escrita junto con el propio Clarke, autor de la novela en que se basa, de forma soberbia, a la altura de pocos cineastas.

Ese monolito admirado por los homínidos que en un segundo pasa a ser una nave espacial plenamente desarrollada muestra, en un cambio de plano, un simple chasquido de dedos, la poca importancia del ser humano en el conjunto de la vida; un mensaje que, por otro lado, se ve reforzado por el detalle de que sea una máquina, el temible HALL 9.000, que no abría la puerta, el muy cabrón, la que toma la decisión de asesinar a los astronautas, dejándolos fuera de la aeronave.

Una película fundamental dentro del género y del cine como arte visual, sin más.

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Blade Runner (1982)

La libérrima adaptación del relato ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), de Philip K. Dick, que realizó Ridley Scott es, simplemente, una de las mejores películas de la historia del cine. Las tribulaciones del mítico Rick Deckard, interpretado por Harrison Ford, ambientadas con la genial música de Vangelis en el claustrofóbico escenario de la ciudad de Los Ángeles de un hipotético 2019, son los componentes que hacen de esta una obra única.

La relación de amor que surge entre Deckard, un blade runner encargado de eliminar a los replicantes rebeldes, y Rachel, la robótica ayudante del todopoderoso Tyrell, Roy Batty buscando sentido a su vida, salvando la de su perseguidor y su portentoso discurso final, los recuerdos que son tales y los que no lo son, el miedo a la muerte, la empatía… incluso los oníricos unicornios. Todo hace que la obra deje una huella imborrable en la memoria de los espectadores, que han contemplado una lección de filosofía prácticamente sin parangón en el séptimo arte, una profunda reflexión sobre qué nos hace humanos.

Y, por suerte, los cinéfilos más jóvenes hemos tenido la fortuna de vivir el estreno de su secuela, Blade Runner 2049, en la que se nos narra el viaje que emprende el replicante K, interpretado por Ryan Gosling, para descubrir quién es. Denis Villeneuve aguanta el envite y capea con vigor el desafío al firmar una buena película y una buena secuela que continúa con las claves de su predecesora.

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La llegada (2016)

Este mismo director rubricó, antes de la segunda parte de Blade Runner, la historia de la aparición de naves alienígenas en diversos países, los problemas comunicativos de los seres humanos con los visitantes y el proceso de desciframiento del idioma extraterrestre que realiza una lingüista, interpretada magistralmente por Amy Adams, una de las grandes actrices de nuestro tiempo.

Aparte de demostrar las múltiples complejidades del lenguaje con algo tan aparentemente inocente como una pregunta educada, La llegada es un estudio del comportamiento humano ante situaciones excepcionales; de nuestras reacciones cuando nos encontramos, o creemos que nos encontramos, en peligro. Porque los responsables de los países que han recibido a los alienígenas presuponen que estos vienen buscando conflicto y, en lugar de colaborar, de compartir conocimientos, cortan cualquier comunicación entre ellos para que el resto no descubra sus avances en las conversaciones interplanetarias, lo que sitúa a las dos especies al borde una guerra.

Como hemos visto no son necesarias ínfulas pretenciosas o efectos digitales espectaculares para conseguir una historia de ciencia ficción que sea profunda, ni, en general, para hacer cine de calidad. Un guion acertado y una dirección talentosa son suficientes para hacer reflexionar al espectador, para ejercitar la buena costumbre de pensar y para plantearse complejos conceptos sociológicos y filosóficos de una forma quizá más accesible.

Muchas películas se han quedado en el tintero y merecerían un espacio aparte, como Alien: El octavo pasajero (1979), Terminator (1984), Contact (1997), Hijos de los hombres (2006) o Ex_Machina (2015), pero, como le diría Roy Batty a Deckard, estas palabras se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Y es hora de terminar el artículo.

Guillermo García Gómez

Guillermo García Gómez ha escrito 37 artículos en Ciempiés.

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