Bergman ganó la partida (III)

Y las piezas del tablero obligaron a Ingmar Bergman a emigrar a Alemania para firmar El huevo de la serpiente, una película que solo alcanzo a describir como la desoladora crónica de una ciudad sumida en la pobreza, el miedo, el racismo y la violencia que evoluciona hasta una distopía de ciencia ficción a lo George Orwell en la que la vigilancia y los experimentos con humanos se utilizan como excusa para un supuesto progreso y bien mayor.

Solo que en ocasiones la peor distopía imaginable es la realidad: cabe señalar que la película se emplaza en el Berlín de los años 20, previo al auge del nazismo, que el director ya describe aquí como latente. Bergman sigue utilizando sus recursos habituales, especialmente, el empleo de actores, que en El huevo de la serpiente son artistas de circo y cabaré, para reflexionar sobre el tema.

Durante sus años de exilio financiero el país germánico, el de Upsala concibió uno de los grandes papeles de la gran Ingrid Bergman, la inolvidable actriz de tantas y tantas películas clásicas del mejor Hollywood, cuando nos contó la rencorosa y resentida relación madre-hija entre la actriz sueca y, cómo no, Liv Ullmann en Sonata de otoño. Este claustrofóbico estudio de la culpa y de los errores del pasado que implosionan en el presente se nos presenta como una obra de teatro, de la que el marido del personaje de Ullmann hace las veces de anfitrión y presentador. Drama de personajes femeninos al que  Bergman aplica sus técnicas cinematográficas clásicas, como rupturas continuas de la cuarta pared, para enfatizar y dar más importancia a las interpretaciones de las dos protagonistas.

Seguía el director en Alemania cuando decidió consagrar su estilo a los códigos del cine negro en la maravillosa y estéticamente hermosa De la vida de las marionetas. El cineasta vuelve a echar el ojo a la institución marital para ofrecer una disertación sobre un matrimonio basado en el aburrimiento, el hartazgo mutuo y la rutina, con pequeñas y atávicas, y breves, dosis de ternura, amor y comprensión, narrada sobre la reconstrucción de un asesinato cometido por el marido.

A pesar de la apariencia sombría de esta obra, De la vida de las marionetas nos brindó algunas de las imágenes más bellas de la filmografía del director sueco: aquellas escenas oníricas, rodadas con una preciosa fotografía en blanco y negro de Sven Nykvist, en las que se combinan primeros planos, planos detalle de las manos entrelazadas de los cónyuges protagonistas y planos cenitales muy alejados, con los dos actores desnudos. Bergman incide en sus obsesiones con los juegos de espejos, y profundiza en ellas gracias a una secuencia fascinante, muy del estilo de Persona, en la que el marido está describiendo un sueño a su psicólogo: una escena costumbrista en la que aparece su mujer peinándose;  él dice «y ella se mira al espejo», y la mujer mira a cámara. Otra de las películas cuya revisión para estas crónicas más me ha impresionado.

Pero Bergman volvió a su Suecia natal, y lo hizo para filmar su última película, una de sus mejores obras y otra de las cumbres de la historia del cine que son responsabilidad de este artista genial: Fanny y Alexander, el último Oscar para el cineasta, tras El manantial de la doncella y Como en un espejo.

El director desarrolló un genial ejercicio de narrativa audiovisual, para contarnos el periplo de estos dos huérfanos y su desdichada madre a lo largo de los 180 minutos de metraje de la película, comparable a lo que Tolstói hizo con Guerra y paz. Una historia de contrastes, entre la opulencia inicial y la austeridad posterior, entre el idealismo y el teatro y la más rígida religión, representados por los dos matrimonios de la mujer protagonista: el primero, con el director de una compañía de teatro, al que Bergman otorgó la oportunidad de declamar uno de sus mejores monólogos, y el segundo, con el clérigo, el personaje más odioso de toda la carrera del director. Todo con la magia y el teatro y el paso del tiempo, y, de nuevo, los actores como recurso discursivo, como telón de fondo.

Y estos contrastes a lo que hacía referencia se hacen más visibles con el final agridulce que Bergman pensó para la película. En su conclusión, toda la numerosa familia vuelve a estar unida y feliz tras las desdichas, ya superadas, de la madre y sus hijos, pero el fantasma del clérigo, muerto agónicamente a manos de la protagonista, anuncia a Alexander, que ve continuamente el espíritu de su padre, que nunca lo abandonará.

Fanny y Alexander, además, nos brindó una de las imágenes más desgarradoras de la cinematografía universal, aquella mujer gritando a voz en cuello en el velatorio de su esposo, que se nos ofrece a través de una puerta medio cerrada por la que continuamente vemos un ataúd y los desesperados vaivenes de ella, y un brillante mensaje de esperanza final, en el último monólogo de la película, con uno de los miembros de la familia sujetando a una niña recién nacida, como símbolo de las anhelantes expectativas puestas en el futuro.

Después de esta epopeya narrativa, Bergman realizó una serie de producciones para televisión, de entre las que sobresale Saraband, un perfecto epílogo fílmico compuesto por sus temas y preocupaciones habituales, especialmente culpa, perdón o miedo a la muerte, para retomar la historia de los personajes de Secretos de un matrimonio 30 años después. Con una técnica similar a la que empleó en Sonata de otoño, el director hace que el personaje de Liv Ullmann se sitúe dentro y fuera de la trama, como narradora y como parte fundamental del argumento.

Como broche de oro final, para firmar el testamento cinematográfico que es Saraband, el genio de Upsala nos lega una de las imágenes más tiernas y con más significado de toda su carrera, la de los protagonistas, Ullmann y Erland Joshepson, desnudos y juntos en la misma cama, compartiendo intimidad por última vez.

Este año se cumplen 100 del nacimiento de Ingmar Bergman. El cineasta, probablemente, más grande y más importante de todos los tiempos, fallecido un triste día de 2007, alcanza en 2018 su centenario; y lo hace con el valor y el mensaje de su obra intactos, contemplando desde las cumbres del cine y del arte cómo sus películas han influido y siguen influyendo a los mejores directores.

No harán falta otros 100 años para darnos cuenta de que la obra de este genio es un tesoro, una de las herencias artísticas más importantes del siglo pasado,  que ha logrado convertir las inquietudes existencialistas de un hombre brillante en cine en esencia, a través de sus historias y personajes. Aún sigo recordando, al final de todas estas palabras que breve y humildemente, pues cada uno de los filmes aquí expuestos merece, y aun requiere, un artículo propio, tratan de homenajearlo, aquella imagen incomparable de El séptimo sello en la que Max von Sydow jugaba una fatídica partida de ajedrez con la muerte. La diferencia, como decía, entre aquel caballero de figura triste y apesadumbrada y el propio Bergman es que el director ganó la partida.

Guillermo García Gómez

Guillermo García Gómez ha escrito 45 artículos en Ciempiés.

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